Alabanza
al Santísimo Sacramento del Altar
Bendito sea Dios.
Bendito se a su santo nombra.
Bendito sea Jesucristo, Verdadero Dios, Verdadero Hombre.
Bendito sea el nombre de Jesús.
Bendito sea su sacratísimo corazón.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su santa e inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendita sea el nombre de María, Virgen y Madre.
Bendito sea san José, su castísimo Esposo.
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.
Aspiraciones a Cristo Redentor
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de tí.
Del enemigo malo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte,
llámame y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe,
por los siglos de los siglos. Amén.
PANGE LIGUA
(Himno)
Canta, lengua, el misterio del cuerpo glorioso y de la sangre
preciosa que el Rey de las naciones, fruto de un vientre
generoso, derramó como rescate del mundo.
Nos fue dado, nos nació de una Virgen sin mancilla; y después de
pasar su vida en el mundo, una vez esparcida la semilla de su
palabra, terminó el tiempo de su destierro dando una admirable
disposición.
En la noche de la última cena, recostado a la mesa con los
hermanos, después de observar plenamente la ley sobre la comida
legal, se da con sus propias manos como alimento para los Doce.
El Verbo hecho carne convierte con su palabra el pan verdadero
con su carne, y el vino puro se convierte en la sangre de
Cristo. Y aunque fallan los sentidos, basta la sola fe para
confirmar al corazón recto en esa verdad.
Veneremos, pues, inclinados tan gran Sacramento; y la antigua
figura ceda el puesto al nuevo rito; la fe supla la incapacidad
de los sentidos.
Al Padre y al Hijo sean dadas alabanza y júbilo, salud, honor,
poder y bendición; una gloria igual sea dada al que de uno y de
otro procede. Amén.
ADOROTÉ DEVOTE
(himno)
Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente
bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.
Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero
basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha
dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de
verdad.
En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se
esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que
pidió el ladrón arrepentido.
No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi
Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te
ame.
¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al
hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre
saboree tu dulzura.
Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu
sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los
crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo
que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo
feliz viendo tu gloria. Amén.
O SALUTARIS
Oh saludable Hostia,
que abres la puerta del cielo:
en los ataques del enemigo
danos fuerza, concédenos tu auxilio.
Al Señor Uno y Trino se atribuye eterna gloria:
y El vida sin término nos otorgue en la Patria. Amén
Oración de San
Ambrosio, Obispo.
Señor mío Jesucristo, me acerco a tu altar lleno de temor por
mis pecados, pero también lleno de confianza, porque estoy
seguro de tu misericordia.
Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he
sabido dominar mi corazón y mi lengua; por eso. Señor de bondad
y de poder, con miserias y temores me acerco a ti, fuente de
misericordia y de perdón; vengo a refugiarme en ti, que has dado
la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme
cuentas.
Señor, no me da vergüenza descubrirte mis llagas. Me dan miedo
mis pecados, cuyo número y magnitud sólo tú conoces; pero confío
en tu infinita misericordia. Señor mío Jesucristo, rey eterno.
Dios y hombre verdadero, mírame con amor, pues quisiste hacerte
hombre para morir por nosotros. Escúchame, pues espero en ti.
Ten compasión de mis pecados y miserias, tú que eres fuente
inagotable de amor.
Te adoro. Señor, porque diste tu vida en la cruz y te ofreciste
en ella como redentor por todos los hombres y por mi. Adoro,
Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha
purificado al mundo de sus pecados. Mira, Señor, a este pobre
pecador, creado y redimido por ti.
Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus
consecuencias. Purifícame de todas mis maldades para que pueda
celebrar dignamente este santo Sacrificio.
Que tu Cuerpo y Sangre me ayuden. Señor, a obtener de ti el
perdón de mis pecados v la satisfacción de mis culpas; me libren
de mis malos pensamientos, renueven en mí los sentimientos
santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo
peligro de alma y cuerpo. Amén.
Oración de Santo
Tomás de Aquino I
Dios eterno y todopoderoso, me acerco al sacramento de tu Hijo
unigénito, nuestro Señor Jesucristo, como se acerca al médico el
enfermo, el pecador a la fuente de misericordia, el ciego al
resplandor de la luz eterna y el pobre e indigente al Dios del
cielo y de la tierra.
Muéstrame, Señor, tu bondad infinita y cura mis debilidades,
borra las manchas de mis pecados, ilumina mi ceguera, enriquece
mi indigencia y viste mi desnudez, a fin de que pueda yo
recibir, en el Pan de los ángeles, al Rey de los reyes y Señor'
de los señores, con toda la humildad y la reverencia, el
arrepentimiento v el amor, la pureza, la fe y el deseo que son
necesarios para la salvación de mi alma.
Haz, Señor, que no sólo reciba yo el sacramento del Cuerpo y la
Sangre de tu Hijo, sino también la fuerza que otorga el
Sacramento, y que con tal amor reciba yo el Cuerpo que tu Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, recibió de la Virgen María, que quede
yo incorporado a su Cuerpo místico y pueda ser contado como uno
de sus miembros.
Concédeme, Padre lleno de amor, llegar a contemplar al término
de esta vida, cara a cara y para siempre, a tu amado Hijo,
Jesucristo, a quien voy a recibir hoy, oculto en este
sacramento.
Por el mismo Cristo nuestro Señor, que vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén.
Oración de Santo
Tomás de Aquino II
Te doy gracias. Señor, Padre santo. Dios todopoderoso y eterno,
porque, aunque soy un siervo pecador y sin mérito alguno, has
querido alimentarme misericordiosamente con el Cuerpo y la
Sangre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Que esta sagrada comunión no vaya a ser para mi ocasión de
castigo, sino causa de perdón y salvación. Que sea para mi
armadura de fe, escudo de buena voluntad; que me libre de todos
mis vicios y me ayude a superar mis pasiones desordenadas; que
aumente mi caridad y mi paciencia, mi obediencia y mi humildad
y mi capacidad para hacer el bien. Que sea defensa inexpugnable
contra todos mis enemigos, visibles e invisibles, y guía de
todos mis impulsos y deseos.
Que me una más íntimamente a ti, el único y verdadero Dios, y me
conduzca con seguridad al banquete del cielo, donde tú, con tu
Hijo y el Espíritu Santo, eres luz verdadera, satisfacción
cumplida, gozo perdurable y felicidad perfecta. Por Cristo,
nuestro Señor. Amén.
ORACIONES DEL PAPA PABLO
VI
I
Señor Yo Quiero Creer en Ti
Haz, Señor, que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en
mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las
humanas.
Que mi fe sea libre. Señor, es decir, acompañada por mi elección
personal, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta, y
que exprese lo que es el vértice decisivo de mipersonalidad: yo
creo en ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea firme: firme por una lógica externa de
pruebas y por un testimonio interior del Espíritu Santo; firme
por la luz aseguradora de una conclusión pacificadora,de una
connaturalidad suya reposante: yo creo en ti. r.
Señor, haz que mi fe sea feliz: que dé paz y alegría a mi
espíritu que lo capacite para la oración con Dios y para la
conversación con los hombres; de forma que irradie en el
coloquio sagrado y profano la original dicha de su venturosa
posesión.
Yo creo en ti. Señor. Oh Señor, que mi fe sea humilde: que no
presuma basarse en la experiencia de mi pensar y sentir, sino
que se rinda ante el testimonio del Espíritu Santo; y que no
tenga otra garanda mejor que la docilidad a la autoridad del
magisterio de la santa Iglesia. Amén.
II
CORPUS CHRISTI
Jesús, tú te haces nuestro: ¿cómo y por qué? Nos atraes hacia ti
presente, presente de una forma misteriosa, si, pero no más
misteriosa que la del pensamiento presente en la voz y la de la
voz presente en el ánimo del auditorio; única en si y tan
multiplicada cuantos son los presentes que la oyen.
Presente, como el singular peregrino de Emaús, que alcanza, se
acerca, acompaña, adoctrina y conforta los desconsolados
viandantes en el atardecer de las esperanzas perdidas.
Presente en el silencio y en la pasividad de los signos
sacramentales, como si quisieras a un tiempo ocultar y revelar
todo su ser, de modo que sólo el que cree y a un tiempo poner el
abrigo comprende, y ofrecer todo su ser,de modo que sólo el que
ama pueda de verdad recibir.
Hacia ti nos atraes, paciente: paciente en la oblación de tu ser
por la salvación de los demás, para alimento de los demás;
paciente al simbolizar tu cuerpo separado de la sangre, es
decir, como victima inmolada y desangrada; paciente hasta la
media extrema del dolor,de la deshonra, del abandono, de la
angustia y finalmente de la muerte, para que en la medida de la
pena se revelara el grado de la culpa y de amor, de la culpa
humana y de tu amor.
ORACIONES DE JUAN PABLO
III
¡Señor, quédate con nosotros!
¡Señor, quédate con nosotros!
Quédate con nosotros hoy,
y quédate, de ahora en adelante, todos los días...
¡Quédate!
Para que podamos encontrarnos
contigo en la adoración y el agradecimiento,
en la oración de expiación y de súplica,
a la que todos los visitantes de esta basílica están invitados.
¡Quédate!
Tú que a la vez estás velado
en el misterio eucarístico de la fe
y revelado bajo las especies que tomaste en este
Sacramento.
¡Quédate!
Para que se reconfirme constantemente tu presencia en este
templo, y todos los que entren en él adviertan que es tu casa,
«la morada de Dios entre los hombres», y visitando esta basílica
encuentren la fuente misma «de vida y de santidad que brota de
tu Corazón eucarístico».
La Eucaristía es el testimonio sacramental de tu primera venida,
con la que quedaron reafirmadas las palabras de los profetas y
se cumplieron las esperanzas.
Nos has dejado, Señor, tu cuerpo y tu sangre bajo las especies
de pan y vino para que atestigüen que se ha realizado la
redención del mundo, y para que por ellas llegue a todos los
hombres tu misterio pascual como sacramento de la vida y de la
salvación.
La Eucaristía es, al mismo tiempo, un constante prenuncio de tu
segunda venida y el signo del adviento definitivo, a la vez que
la espera de toda la Iglesia: «Anunciamos tu muerte, proclamamos
tu resurrección, ¡ven. Señor Jesús!»
Queremos, todos los dias y a todas las horas, adorarte,
despojado bajo las especies de pan y vino, para renovar la
esperanza de la «llamada a la gloria», cuyo principio eres tú
con tu cuerpo glorificado «a la derecha del Padre».
Un día, oh Señor, preguntaste a Pedro: «¿Me quieres?»
Se lo preguntaste tres veces, y por tres veces él respondió:
«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» La respuesta
de Pedro, sobre cuyo sepulcro está erigida esta basílica, se
expresa hoy mediante esta adoración de cada día y de todo el
día...
Todos cuantos participen de esta adoración en tu presencia
eucarística testimonien con cada visita y hagan nuevamente
resonar aquí la verdad encerrada en las palabras del apóstol:
«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Amén.
¡Tú tienes Palabras de Vida Eterna!
Señor Jesús:
Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas
tal como somos.
«Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y
conocido que tú eres el Hijo de Dios».
Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de
la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo
que eres.
Aumenta nuestra FE.
Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas,
queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.
Contigo ya podemos decir: Padre nuestro. Siguiéndote a ti,
«camino, verdad y vida», queremos penetrar en el aparente
«silencio» y «ausencia» de Dios, rasgando la nube del Tabor para
escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado,
en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo»
Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar
nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores
de la vida familiar y social.
Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador,
hermano y amigo. Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza
al saber que vives «siempre intercediendo por nosotros».
Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y
camino apresurado contigo hacia el Padre.
Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú.
Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.
Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta
escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones
salvificos ocupan el primer lugar en el corazón y en las
actitudes de la vida concreta.
Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo
lo que eres.
Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi vida es Cristo».
Nuestra vida no tiene sentido sin ti. Queremos aprender a «estar
con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente
todo se puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la
voluntad del Padre, porque en la oración «el amor es el que
habla» (Sta. Teresa).
Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y
actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales
según nuestra propia vocación cristiana.
CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud
sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también
reparación, como respuesta a tus palabras: «Quedaos aqui y velad
conmigo».
Tú superas la pobreza de nuestros pensamiento? sentimientos y
palabras; por eso queremos aprendí a adorar admirando el
misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de
amigo y con un presencia de donación.
El Espíritu Santo que has infundido en nuestro corazones nos
ayuda a decir esos «gemidos inenarrables» que se traducen en
actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya
s contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra
En nuestras noches físicas y morales, si tú está presente, y nos
amas, y nos hablas, ya nos bast2 aunque muchas veces no
sentiremos la consolación
Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, es taremos en tu
intimidad o «misterio». Entonces nuestra oración se convertirá
en respeto hacia el «misterio de cada hermano y de cada
acontecimiento para in seriarnos en nuestro ambiente familiar y
social construir la historia con este silencio activo y fecunda
que nace de la contemplación.
Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se
convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.
Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a
meditar y adorar en el corazón. Ella recibiendo la Palabra y
poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.
Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y
amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a
todos los hermanos Amén.